Los veleros del Lago Titicaca que fotografié en 2012… y recién revelé en 2025

Un recuerdo del Titicaca que estuvo guardado trece años

Hay fotografías que nacen en el momento en que presionamos el obturador. Y hay otras que esperan años para existir.

Estas imágenes fueron tomadas en 2012, durante un viaje que hice al Lago Titicaca, en el altiplano peruano. En ese entonces llevaba conmigo mi Nikon D2X, una cámara que hoy muchos considerarían una reliquia digital, pero que en su momento era una herramienta seria para fotografía documental. Lo curioso es que estas fotos no las había revelado hasta hoy 2026.

Los archivos RAW estuvieron guardados durante más de una década en mi NAS, como una pequeña cápsula del tiempo. Cuando finalmente los abrí años después, sentí algo extraño: estaba viendo una escena que había fotografiado hace mucho, pero que al mismo tiempo estaba descubriendo por primera vez. Y lo primero que apareció en la pantalla fue este pequeño velero navegando lentamente sobre el lago.

Cuando el lago parece un mar

El Titicaca tiene algo que engaña a los ojos. Uno llega pensando que va a ver un lago, pero cuando se abre el horizonte se siente más bien como estar frente al mar. El agua se mueve con pequeñas olas largas, el viento sopla con constancia y el paisaje parece infinito. Desde la distancia se ven embarcaciones pequeñas cruzando el agua, con velas simples que parecen improvisadas pero que llevan generaciones funcionando.

Ese día vi este pequeño velero artesanal avanzando con calma. Dos hombres navegaban con una vela de tela desgastada que probablemente había sido reparada muchas veces. No era una escena turística ni preparada; era simplemente parte de la vida cotidiana del lago.

Lo que me llamó la atención fue la proporción entre la embarcación y el paisaje.

Un bote pequeño, dos personas, una vela simple… y alrededor de ellos un cielo enorme y las montañas lejanas del altiplano.

Era el tipo de escena que pide una fotografía casi sin pensar.

Fotografiar desde el agua

Tomar estas fotos no fue tan sencillo como podría parecer.

Yo también estaba sobre una embarcación, lo que significa que todo se movía al mismo tiempo: el bote, el agua, el viento y la vela del otro barco. En situaciones así uno aprende rápido que la fotografía es también una cuestión de equilibrio y paciencia.

La Nikon D2X, con su sensor CCD, tiene una forma muy particular de registrar la luz. Los colores suelen ser profundos, con azules intensos y cielos muy definidos. En ese momento no pensaba demasiado en eso; simplemente estaba tratando de encuadrar el bote en medio del movimiento del lago.

Pero cuando revelé las imágenes en 2025 entendí algo que en 2012 no había notado tanto:

la atmósfera del Titicaca está llena de textura visual.

Las nubes parecen esculturas flotando sobre el altiplano. El agua refleja el cielo con una suavidad casi metálica. Y las pequeñas embarcaciones tradicionales se vuelven puntos humanos dentro de un paisaje gigantesco.

Los veleros silenciosos del altiplano

Algo que me impresionó de estas embarcaciones es su simplicidad absoluta. No tienen motores ruidosos ni tecnología moderna. Son barcos pequeños, construidos para cumplir una función concreta: moverse sobre el lago, transportar personas o pescar. La vela, muchas veces hecha con telas reutilizadas, capta el viento del altiplano y empuja lentamente la embarcación. Verlos navegar produce una sensación curiosa.

No hay prisa.

Los movimientos son lentos, casi meditativos. El lago parece imponer su propio ritmo. Los pescadores se mueven con naturalidad, ajustando la vela o el remo con gestos que seguramente han repetido miles de veces.

Fotografiarlos es como capturar una escena que podría haber ocurrido hace cincuenta años o hace cinco minutos.

Redescubrir una fotografía trece años después

Cuando abrí estos archivos en 2025 sentí algo que todos los fotógrafos experimentamos alguna vez: la distancia del tiempo cambia la manera en que vemos nuestras propias fotos.

En 2012 probablemente estaba más concentrado en la técnica: la exposición, el encuadre, el enfoque. Hoy, al ver estas imágenes, lo que me interesa es otra cosa.

Me interesa el momento.

Ese instante en que un pequeño velero cruza el lago bajo un cielo enorme, en silencio, mientras el viento mueve una vela gastada que sigue cumpliendo su función. Quizá por eso algunas fotografías necesitan tiempo.

No porque la imagen esté incompleta, sino porque la memoria todavía no ha terminado de formarse. Y tal vez ese sea uno de los secretos de viajar con una cámara:

a veces no estamos fotografiando el presente, sino un recuerdo que todavía no sabemos que tendremos.