La Paz bajo la lluvia: una noche inolvidable en la plaza, vista desde el altiplano
Hay ciudades que no se revelan de inmediato. La Paz es una de ellas. No se deja entender al primer vistazo: hay que caminarla, cansarse, mojarse bajo su lluvia fría y mirarla de noche para recién empezar a comprenderla. Este viaje ocurrió en abril de 2012, después de una travesía larga desde Puno, y aunque el artículo original lo escribí en 2013, hoy lo releo con otros ojos. Con más distancia, más memoria… y el mismo respeto por una ciudad que me marcó.
El camino hacia La Paz, Bolivia
Salimos de Puno a las 6 de la mañana, cuando la ciudad ya estaba despierta y el movimiento era intenso. El trayecto nos llevó por Copacabana, ese punto casi simbólico donde Perú y Bolivia se separan y se unen al mismo tiempo, con el lago Titicaca como testigo silencioso. El viaje fue largo, cansado, pero cargado de expectativa. Llegar a La Paz siempre se siente como llegar a otro ritmo, a otra lógica.
Una ciudad detenida en el tiempo (pero viva)
La primera impresión fue clara: La Paz me pareció detenida en el tiempo, pero no estancada. Me recordó a la Lima de los años 80, aunque más andina y más cruda. Sin embargo, compararla con Lima no tiene mucho sentido; son ciudades con historias, climas y geografías completamente distintas.
Aquí domina el barroco mestizo o barroco andino, un estilo que también se siente en ciudades como Arequipa o Puno. Las fachadas, las iglesias, los edificios institucionales tienen peso, presencia, historia. Caminando por el centro uno entiende rápido que esta ciudad se construyó mirando a la montaña, no al mar.
Plaza Murillo: el corazón político y simbólico
Esa noche, bajo una lluvia persistente, llegué a la Plaza Murillo, el verdadero corazón de La Paz. Ahí se encuentran tres edificios fundamentales:
- La Catedral Metropolitana de La Paz, imponente, sólida, con una presencia que de noche se vuelve aún más dramática.
- El Palacio de Gobierno, conocido como el Palacio Quemado, sobrio y cargado de historia política.
- La Asamblea Legislativa, cerrando el conjunto con equilibrio.
La lluvia no arruinó la escena, al contrario: la potenció. El suelo mojado reflejaba las luces, el cielo estaba cargado y el ambiente tenía algo cinematográfico. Fue ahí donde hice dos tomas panorámicas nocturnas, completamente empapado, cuidando la cámara más por instinto que por lógica.
La bajada desde Sagárnaga
Antes de llegar a la plaza, me tocó bajar caminando desde la calle Sagárnaga, de hecho estuve hospedado muy cerca, una de las arterias más vivas del centro paceño. Esa bajada es hermosa y caótica a la vez: calles empedradas, pendientes marcadas, comercio, cables, arquitectura antigua y vida cotidiana mezclándose sin pedir permiso. Es una de esas caminatas que se sienten más de lo que se recuerdan.
El clima: parte del carácter
La Paz es una ciudad andina, situada a unos 2,800 metros sobre el nivel del mar, en un valle que la protege y la encierra al mismo tiempo. El clima lo deja claro: frío por las noches, sol intenso de día. Esa noche el termómetro rondaba los 6 °C, un poco más frío que Puno, aunque viniendo de ahí se hacía soportable. La lluvia llegó con truenos, obligándonos a comprar un paraguas en el camino. Nada sofisticado, pero suficiente para seguir caminando.
La fotografía: lluvia, noche y confianza
Llevé conmigo a mi compañera de siempre en esos años: la Nikon D2x, con el lente Nikkor 18–55 mm f/3.5. Todas las fotos de este recorrido fueron hechas con ese equipo. La cámara se mojó, sin contemplaciones. La lluvia caía directo, y aun así respondió sin problemas.
Recuerdo haber pensado que las fotos no iban a salir, o que estarían blandas, sin definición. Me equivoqué. La D2x estuvo a la altura, y esas tomas nocturnas, bajo la lluvia, siguen siendo hoy de las imágenes más especiales que tengo de La Paz.
Volver a mirar La Paz
Actualizar este artículo no es solo mejorar su forma; es reafirmar lo que sentí entonces. La Paz no es una ciudad cómoda, ni fácil, ni inmediata. Pero es profundamente fotogénica, intensa y auténtica. De noche, bajo la lluvia, desde su plaza principal, entendí que hay ciudades que no se visitan: se atraviesan.
Y La Paz, definitivamente, se atraviesa con el cuerpo, con la cámara… y con memoria.




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