Iglesia de San Francisco, una entrada en silencio

Marzo de 2015

Marzo de 2015. Afuera, Lima estaba exactamente como siempre: tráfico, voces cruzadas, gente caminando rápido sin mirar demasiado alrededor. Yo entré a la Iglesia de San Francisco casi por inercia, con la cámara colgada al cuello, una Nikon D300s con el lente 18–55, sin una idea clara de qué iba a encontrar. No había ido a “hacer fotos”. Solo a entrar.

El ruido se queda afuera

Y en cuanto crucé la puerta, algo se apagó. No fue gradual. Fue inmediato. El ruido quedó atrás y el interior me recibió con una calma pesada, densa, como si el aire mismo obligara a bajar el paso. Frente a mí se abrió la nave central: arcos que se repiten, bóvedas altas, líneas rojas recorriendo el techo con una precisión que no busca llamar la atención, pero termina imponiéndose. Todo te empuja a mirar hacia adelante… y hacia arriba.

Antes de la cámara, mirar

Recuerdo haberme quedado quieto varios minutos sin sacar la cámara. Mirando cómo la luz entraba desde lo alto, cómo caía sobre los retablos dorados, cómo se quedaba suspendida en el espacio sin apuro. No había urgencia. No había prisa por registrar nada. Era uno de esos lugares donde primero hay que mirar, y recién después pensar en fotografiar.

Caminar despacio

Avancé lentamente entre los bancos de madera oscura, gastados por décadas —quizá siglos— de uso. Pensé en cuánta gente se había sentado ahí antes que yo. En cuántas historias habían pasado por ese mismo espacio sin dejar rastro visible. La iglesia es grande, imponente, pero no se siente fría. De hecho tiene una calidez extraña, la de algo que ha aprendido a convivir con el tiempo.

Fotografiar sin forzar nada

Recién entonces empecé a disparar. La Nikon D300s respondió con nobleza en la poca luz, y el 18–55, tantas veces subestimado, fue más que suficiente. No hacía falta más. No buscaba dramatismo ni una imagen espectacular. Solo encuadrar lo que ya estaba ocurriendo: columnas, lámparas colgantes, retablos laterales que no compiten entre sí, sino que acompañan el recorrido. Fotografiar ahí no era capturar. Era acompañar.

La vista desde arriba

Desde los niveles superiores, la iglesia cambia por completo. Vista desde arriba, la nave revela su verdadera escala. Las barandas de hierro, la repetición casi hipnótica de los arcos, la geometría que se repite una y otra vez hacen que todo cobre sentido. Es en ese punto donde entiendes que este edificio no fue pensado para una generación, sino para muchas. No está hecho para impresionar rápido. Está hecho para durar.

Un lugar hecho de tiempo

La Iglesia y Convento de San Francisco empezó a construirse en el siglo XVII. Ha sobrevivido terremotos, restauraciones y una ciudad que no deja de transformarse alrededor. Más que un monumento colonial, es una acumulación de tiempo. Un lugar que observa sin apuro cómo Lima crece, se desordena y se reinventa.

Salir distinto

Al salir nuevamente a la plaza, el ruido volvió de golpe. El contraste fue brutal. La ciudad retomó su ritmo como si nada hubiera pasado. Pero algo se había quedado conmigo. Aquella sensación de pausa. De haber estado dentro de un lugar que no se deja consumir rápido.

A veces, las mejores fotografías no nacen de buscar algo nuevo, sino de entrar con calma a un sitio que siempre estuvo ahí, esperando.