Mi relación con las películas no empezó con el streaming ni con la comodidad de darle play a algo que aparece en una pantalla. Empezó mucho antes, cuando era adolescente y comprar una película en VHS implicaba ahorrar, elegir bien y, sobre todo, esperar.
Ir a la tienda era parte de la experiencia. Mirar carátulas, leer la parte de atrás, decidirte por una sola porque no alcanzaba para más. Llegar a casa, rebobinar la cinta, aceptar que la imagen no era perfecta. Pero esa imperfección no importaba. Era mía. Ese cassette de VHS se quedaba conmigo y con él, el recuerdo del momento en que lo había elegido.
Con el tiempo llegaron los DVDs, y con ellos la sensación de estar entrando en algo definitivamente mejor, de mejor calidad. Volví a comprar películas que ya tenía. Esta vez con menús, capítulos, mejor imagen, mejor sonido. Sentí que estaba cuidando mi colección, que ahora sí estaba protegida. Años después aparecieron los Blu-ray y repetí el ciclo una vez más. Recompre, actualicé, mejoré. Pensé, como muchos, que cada nuevo formato era el último. Hoy sé que no lo era.
Comprar físico siempre fue una forma de no depender de nadie
Durante muchos años comprar películas en formato físico fue una decisión consciente. Me gustaba la idea de no depender de un catálogo que cambia sin avisar, de una suscripción que algún día cancelo o de una plataforma que decide qué entra y qué sale.
Tenerlas en casa era una forma de control, una tranquilidad silenciosa. Pero con el tiempo entendí algo que nunca consideré del todo: los formatos también envejecen. No lo hacen de golpe, no avisan. Simplemente empiezan a fallar. Por un lado el VHS se estira, se pega, pierde señal. Por otro lado, el DVD tarda más de lo normal en cargar, hasta que un día deja de hacerlo. El Blu-ray, aunque más moderno, tampoco es eterno. Y cuando fallan, no siempre hay segunda oportunidad.
El mundo dejó atrás a los discos sin avisar
Hay otro detalle que pesa más de lo que parece. Ya casi no tenemos dónde reproducirlos.
Las laptops modernas ya no traen lector. Los reproductores desaparecieron de las salas. Conseguir uno empieza a sentirse como buscar un accesorio antiguo. De pronto te das cuenta de que el disco puede estar en perfecto estado, pero el entorno que lo hacía usable ya no existe. Entendí entonces que preservar no es solo guardar el objeto, sino adaptar su contenido al presente antes de que se quede atrapado en el pasado.
Volver a ripear, pero con otra intención
Ripear no es algo nuevo para mí. Lo hice hace años, cuando la meta era clara: ahorrar espacio, copiar rápido, seguir adelante. En ese entonces importaba más el tiempo que la calma.
Esta vez fue distinto. Esta vez no empecé pensando en cuánto iba a demorar, sino en qué estaba haciendo realmente. Ya no busco el archivo más liviano ni el preset más agresivo. Busco un archivo estable, reproducible, que pueda copiar hoy y volver a copiar dentro de diez años sin depender de un lector que quizá ya no exista.
Ripear se volvió una forma de cuidado, casi un gesto de respeto hacia el contenido.
Los formatos de compresión también fueron parte del camino
Si miro atrás, también veo cómo cambiaron los formatos con los que conviví. Al inicio todo era MP2, pesado e ineficiente, pero simple. Luego llegaron DivX y Xvid, y con ellos la obsesión por hacer que una película completa entrara en un CD, luego en un DVD. La calidad se negociaba, el espacio mandaba. Era otra época, definitivamente no la actual.
Más adelante apareció MP4 y códecs como x264, y la conversación cambió. Ya no se trataba solo de cuánto pesaba el archivo, sino de cómo se veía. Después llegó x265, prometiendo lo mismo de siempre, pero mejor: más eficiencia, más detalle, menos tamaño, a costa de más tiempo y más procesamiento.
Cada formato fue una respuesta a su momento, a la tecnología disponible, a la velocidad de internet, a la potencia de las computadoras. Hoy ya no elijo un códec por moda. Lo elijo pensando en compatibilidad futura, estabilidad y tranquilidad.
No es piratear, es preservar
Todos estos discos los compré. Algunos ya no se consiguen. Otros nunca estuvieron en streaming. Varios simplemente desaparecieron de los catálogos digitales sin explicación.
Ripearlos no les quita valor. Al contrario, se los devuelve. El valor no está en el plástico ni en la carátula, sino en la posibilidad de volver a verlos cuando quiera, sin depender de terceros.
Hacerlo una sola vez, hacerlo bien
Con los DVDs aprendí a aceptar sus límites. No van a verse mejor de lo que son, y está bien. Bien ripeados conservan carácter, textura y época. Siguen siendo fieles a lo que fueron.
Con los Blu-ray soy más cuidadoso. Hay más detalle, mejor sonido, más información. Y también más responsabilidad, porque una mala decisión hoy puede arruinar un archivo que debería acompañarte por años.
Por eso ya no corro. Prefiero hacerlo una vez, con calma, y hacerlo bien.
Mover el problema de lugar no es preservarlo
Durante mucho tiempo pensé que con dejar los archivos en la computadora era suficiente. No lo es. Una laptop se daña, un disco falla, un descuido basta. Hoy lo guardo en mi NAS personal, que saca copias automatizadas a una nube privada.
Preservar implica pensar más allá del momento. Separar lo que usas a diario de lo que quieres conservar a largo plazo. Tener copias, tener orden, tener la tranquilidad de saber que el contenido sigue ahí, pase lo que pase.
Mirar atrás no es quedarse atrás
Cuando pienso en esas primeras películas en VHS, no siento nostalgia por la mala calidad. Siento cariño por el gesto de elegir, comprar y guardar.
Ripear hoy es una extensión natural de eso mismo. No es aferrarse al pasado, es aceptar que lo que fue importante merece seguir existiendo, incluso cuando el formato ya no acompaña.
En conclusión
Empecé comprando películas en VHS cuando era adolescente. Luego vinieron los DVDs, después los Blu-ray. Siempre pensé que cada paso era definitivo. Hoy entiendo que ninguno lo es. Por esa razón ripeo. No por moda. No por rapidez. Ripeo porque quiero que esas películas sigan ahí cuando el lector ya no exista, cuando el formato ya no esté de moda y cuando el tiempo haya pasado. Antes de que sea tarde.
