Regresaba de un viaje largo desde Oaxaca. Todavía tenía impregnado el olor a copal en la ropa y esa sensación extraña que queda después del Día de Muertos, cuando uno ha visto demasiadas velas encendidas, demasiadas flores de cempasúchil, demasiados altares cargados de memoria. Era noviembre de 2014 y el viaje ya estaba terminando, pero antes de volver decidí hacer una última parada en la Villa de Guadalupe, escenario también del relato Atardecer en la Villa de Guadalupe: Una Tarde de Noviembre con mi Nikon D80.
No llevaba ninguna intención fotográfica clara. Solo mi Nikon D300s con el 18-55 mm montado, la batería cargada y esa costumbre de no caminar sin cámara cuando viajo.
No sabía que esa escala iba a convertirse en el verdadero cierre del viaje.
La subida por la explanada
El cielo estaba gris, pesado. La piedra de la explanada parecía aún húmeda y el ambiente era más cotidiano que solemne. Familias caminando, vendedores, turistas dispersos. Nada que anunciara algo extraordinario. Hasta que comenzaron a subir.
Las vi aparecer poco a poco, avanzando en grupo, vestidas con trajes tradicionales, con faldas amplias y bordados de colores intensos. Sobre la cabeza llevaban enormes canastas llenas de flores. No eran simples ramos. Eran arreglos completos, estructuras casi escultóricas, construidas con una dedicación evidente.
Las flores parecían desafiar el clima. Amarillos eléctricos, rosas saturados, azules que resaltaban contra el cielo nublado. Todo flotaba sobre sus cabezas mientras caminaban con paso firme, sin apresurarse, pero sin detenerse. No pregunté ni pensé nada. Solo levanté la cámara.
Oaxaca todavía estaba conmigo
Creo que por eso la escena me golpeó de esa manera. Venía de días profundamente simbólicos, de cementerios iluminados por velas, de comparsas y música nocturna, de altares armados con paciencia y amor. Mi sensibilidad estaba abierta.
En Oaxaca la muerte se celebra con luz, una de las tradiciones más representativas de México. En la Villa, ese día, la fe se cargaba con peso. Las mujeres no estaban representando algo para turistas. No había espectáculo. Había esfuerzo físico. Había concentración. Había una especie de silencio interior que contrastaba con el movimiento alrededor.
Disparaba intentando no interrumpir. Me movía lo justo. La D300s era robusta, confiable, y en ese momento no necesitaba más. El 18-55 mm, que muchos subestiman, resultó perfecto: ligero, discreto, suficiente para acercarme sin invadir.
A veces el equipo adecuado no es el más prestigioso, sino el que te permite desaparecer.
Una mirada que no era para la cámara
En medio de la procesión hubo un instante que todavía recuerdo con claridad. Una mujer con un pañuelo amarillo sostenía la canasta con firmeza. Su expresión no era sonrisa ni tristeza. Era concentración, una especie de determinación tranquila. Miraba hacia adelante, no hacia mí.
En ese momento entendí que no estaba fotografiando color ni tradición como concepto abstracto. Estaba fotografiando compromiso.
El peso de esas flores no era decorativo. Era promesa, agradecimiento o petición. No supe el contexto exacto y, sinceramente, no quise romper el momento para preguntarlo. Preferí que la escena existiera tal como la encontré: incompleta en información, pero completa en significado visual.
El final inesperado del viaje
No recuerdo si era una peregrinación específica o una celebración puntual. Solo sé que era un día después de muertos y que yo regresaba de Oaxaca con la memoria llena de imágenes intensas. Tal vez por eso esta escena terminó funcionando como un cierre perfecto.
Oaxaca había sido introspección, luz de velas, memoria familiar.
La Villa, donde también se inspiró la serie fotográfica Caminando hacia La Villa, Mexico, fue movimiento, color en pleno día, fe colectiva.
Diez años después miro esas fotografías con otros ojos. La Nikon D300s ya no es una cámara moderna. El 18-55 mm nunca fue un lente “aspiracional”. Sin embargo, las imágenes siguen transmitiendo algo real. Y eso me recuerda que lo que hace que una fotografía sobreviva no es la ficha técnica, sino el momento que logró contener.
A veces el mejor recuerdo de un viaje no es el destino principal, sino esa parada intermedia que uno decide hacer sin demasiada planificación.
Ese día no fui a buscar nada a la Villa de Guadalupe.
Solo estaba de paso.
Y sin darme cuenta, encontré el verdadero final del viaje.






